Cuaderno de campo

La traducción, día a día

Revistas de la Edad de Plata: de cómo la digitalización de contenidos ha revolucionado el trabajo del traductor

by Alicia Martorell on 11/02/2013

Este proyecto, tan rico como sorprendente, llamó mi atención desde que lo conocí, primero, por la enorme cantidad y la cantidad de recursos que pone a nuestra disposición, segundo, por la originalidad (totalmente compatible con la eficacia y la usabilidad) de su buscador planetario.

Forma parte del portal Edad de Plata que mantiene la Residencia de Estudiantes de Madrid, consagrado a difundir la cultura española del periodo 1898-1936.

El proyecto Revistas de la Edad de Plata digitaliza las revistas literarias y culturales más significativas del periodo, a cuyo contenido completo se puede acceder (en facsímil y en texto) a través de un buscador clásico, pero muy potente y también a través de un navegador (en la imagen) que permite visualizar el entramado de relaciones entre unas revistas y otras, unos autores y otros.

A estas alturas, ya sabemos que la digitalización de contenidos está modificando radicalmente nuestras relaciones con la cultura, y más en una profesión como la nuestra, pero mi debilidad por este portal, en el que pierdo a veces horas, nunca había entrado en relación con mi trabajo, es decir, nunca lo había usado para una traducción.

imageHace unos días, me encontré con una alusión al título de un artículo de Dalí publicado en La Gaceta Literaria. Para empezar, en mi texto no estaba muy claro si se hablaba de un artículo de Dalí o de un artículo sobre Dalí. Luego, se comentaba profusamente una errata del título que probablemente no era tal sino un juego de palabras, pero claro, el juego de palabras no funcionaba en español y era complicado seguirle la pista.

Porque las horas que creemos perder navegando por internet tienen siempre utilidad en una profesión omnívora, se me encendió la bombilla, busqué el artículo, lo encontré y pude reorganizar, gracias a la compulsa de la fuente, mi primera traducción.

Para los curiosos, el artículo está aquí y tardé diez segundos en encontrarlo.

Hace años, consultar este material hubiera supuesto desplazamientos, permisos, disposiciones especiales. Por no hablar de la posibilidad de que este patrimonio se pierda, al ser su soporte frágil y vulnerable. Con toda seguridad, hubiera estado fuera de mi alcance.

No se ha reflexionado lo suficiente sobre la revolución que supone ponerlo a disposición de todo aquel que lo necesite, independientemente del lugar en el que se encuentre. Cada paso que se avanza en la digitalización es una piedra en el edificio de la cultura del futuro.

Quiero dar las gracias a José Antonio Millán, que me permitió descubrir hace tiempo esta maravilla.

El arte de Cartier

by Alicia Martorell on 25/01/2013

imageLos interesados en la traducción de textos sobre industria del lujo, joyería, orfebrería, relojería, talla de piedras y artes afines están todavía a tiempo de visitar, en el Museo Thyssen-Bornemisza de Madrid, la exposición El arte de Cartier.

La exposición recorre la trayectoria de la casa Cartier desde su fundación hasta la fecha, prestando especial atención a las técnicas de trabajo, los estilos, los tipos de piezas, por lo que podemos salir de ella con una idea bastante clara de cómo funciona el mundo de la alta joyería.

La excursión se puede complementar con el catálogo (36,10 €) que, en sus 400 páginas gran formato, con fotografías, esquemas, bocetos y fichas técnicas, es una referencia indispensable para el vocabulario especializado del sector. La traducción de Anne-Hélène Suárez es excelente. El volumen se complementa con una serie de artículos sobre la historia de Cartier y la evolución de la joyería escritos directamente en español.

Y, porque me emborracho con palabras, algunos de los nombres de los objetos que podemos encontrar en el catálogo o en la exposición: tiara, broche, camafeo, colgante, aderezo, sautoir, collar lavallière, gargantilla, devant de corsage, alfiler para velo, bandeau, pendientes, brazalete, hebilla, reloj broche, pulsera, sortija, polvera, boquilla, broche de clip, brazalete de antebrazo…

Por no hablar del vocabulario de las piedras, los metales, los tipos de talla y de montaje, completamente hipnótico para cualquier aficionado a los vocabularios especializados.

Está abierta hasta el 17 de febrero de 2013. Entran muy pocas personas por turno, por lo que es mejor reservar anticipadamente.

La imagen procede del folleto de la exposición.

Vocabulario de historia árabe e islámica

by Alicia Martorell on 06/12/2012

Este diccionario de Felipe Maíllo (USAL), publicado por editorial Akal, presenta, además del repertorio alfabético en el que encontramos dinastías, personajes, términos militares, filosóficos, económicos y religiosos, topónimos, una serie de apéndices sobre las iglesias orientales, la genealogía de Mahoma, dinastías califales, ramas del islam, mapas…

Permite hacerse una idea clara de los conceptos elementales, prestando especial atención a la época medieval y a todo lo relacionado con Al-Andalus.

El sistema de transliteración que utiliza es el de los arabistas españoles, difícil de utilizar sin conocimientos de árabe y complicado para el teclado español. Además, en muchos casos será necesario trasladar los términos a un sistema más sencillo, pero seguramente es una referencia más segura.

Una entrada a modo de ejemplo:

 

arabe

 

Felipe Maíllo Salgado, Vocabulario de historia árabe e islámica, Madrid, Akal, 1996.

Mapas

by Alicia Martorell on 03/12/2012

El libro que estoy terminando de traducir está lleno de mapas.

Dice:

Joven, espero que tenga un mapa en las manos para seguir las peregrinaciones de mis escritores. Visto desde París, parece que todo eso está al este, pero en realidad son lugares muy alejados unos de otros. Están separados por fronteras que nunca han dejado de moverse.

Y un poco más adelante:

Había seguido su consejo, ampliando un mapa en colores de Europa Central que encontré en una antigua enciclopedia. Lo había colgado encima de la chimenea. En el fondo de un cajón había encontrado alfileres con cabezas de colores…

Y también:

Mi mapa de Europa empezaba a llenarse de alfileres. En Radymno había un alfiler azul, en Lemberg, uno rojo y otro azul, en Bilkamin, uno rojo. Varsovia estaba marcada con los tres colores…image

Cuando empecé a traducir, me di cuenta de que para mí todo estaba también al este, en una especie de zona gris sin relieve que me costaba mucho visualizar.

Así que decidí comenzar con la misma paciente labor de alfileres. Hasta ahora he puesto más de cincuenta, aunque me faltan todavía una veintena. Supongo que, cuando se publique la traducción, este mapa servirá de guía a los que la lean, pero sobre todo ha conseguido llenar de vida y realidad la historia que estaba traduciendo.

Mi mapa y mis alfileres están aquí.

Al margen de esta historia, cada vez utilizo con más frecuencia Google Maps como herramienta de visualización y de inmersión. De pequeña, me sentaba con un atlas y un lápiz y trazaba rutas en las que era capaz de ver cada etapa, elegir medio de transporte, buscar hotel y calcular el tiempo. Así me he recorrido miles de kilómetros. De la misma forma, poder traducir un libro «desde dentro» cambia completamente la percepción de las cosas, como si el texto te poseyera a ti en lugar de lo contrario. A partir de ahora, cada libro que traduzca tendrá su mapa, porque todos tienen el alguna medida una dimensión espacial y ser consciente de ella

Bienvenidos

by Alicia Martorell on 27/11/2012

Bienvenidos a mi nueva casa, abierta a los cuatro vientos.

Espero ser capaz de tripular la informática además de los contenidos. De momento acabo de poner coto a una violenta rebelión de esos bichitos como piezas de lego que deambulan por las tripas de un blog. Ahora están más mansitos y, de momento, parece que se colocan donde les digo.

Parece que todo funciona, cada cosa está en su sitio, respiro aliviada y os dejo trasteando por aquí. Pronto nos veremos con nuevos contenidos.

No olvidéis actualizar las suscripciones por RSS o correo electrónico y, si os parece que algo no funciona como debiera, mandadme un mensajito.

La verdad y los libros

by aliciamartorell on 26/11/2012

File:El Ateneo Bookstore.jpg

Sólo el bibliotecario, además de saber, está autorizado a moverse por el laberinto de los libros, sólo él sabe dónde encontrarlos y dónde guardarlos, sólo él es responsable de su conservación. Los otros monjes trabajan en el scriptorium y pueden conocer la lista de los volúmenes que contiene la biblioteca. Pero una lista de títulos no suele decir demasiado: sólo el bibliotecario sabe, por la colocación del volumen, por su grado de inaccesibilidad, qué tipo de secretos, de verdades o de mentiras encierra cada libro. Sólo él decide cómo, cuándo, y si conviene, suministrarlo al monje que lo solicita, a veces no sin antes haber consultado conmigo. Porque no todas las verdades son para todos los oídos, ni todas las mentiras pueden ser reconocidas como tales por cualquier alma piadosa, y, por último, los monjes están en el scriptorium para realizar una tarea determinada, que requiere la lectura de ciertos libros y no de otros, y no para satisfacer la necia curiosidad que puedan sentir, ya sea por flaqueza de sus mentes, por soberbia o por sugestión diabólica.

–De modo que en la biblioteca también hay libros que contienen mentiras…

Umberto Eco, El nombre de la rosa, traducción de Ricardo Pochtar, Barcelona, Lumen, 1982, pp. 49-50.

(Imagen: Librería El Ateneo, Buenos Aires)

Pez Babel

by aliciamartorell on 21/11/2012

– ¿Qué está haciendo ese pez en mi oído?
– Traduce para ti. Es un pez Babel. Míralo en el libro, si quieres.

[…]

– El pez Babel –dijo en voz baja la Guía del autoestopista galáctico– es pequeño, amarillo, parece una sanguijuela y es la criatura más rara del Universo. Se alimenta de la energía de las ondas cerebrales que recibe no del que lo lleva, sino de los que están a su alrededor. Absorbe todas las frecuencias mentales inconscientes de dicha energía de las ondas cerebrales para nutrirse de ellas. Entonces, excreta en la mente del que lo lleva una matriz telepática formada de la   combinación de las frecuencias del pensamiento consciente con señales nerviosas obtenidas de los centros del lenguaje del cerebro que las ha suministrado. El resultado práctico de todo esto, es que si uno se introduce un pez Babel en el oído, puede entender al instante todo lo que se diga en cualquier lenguaje.
Las formas lingüísticas que se oyen en realidad, descifran la matriz de la onda cerebral introducida en la mente por el pez Babel.

Douglas Adams, Guía del autoestopista galáctico, traducción de Benito Gómez Ibáñez, Barcelona, Anagrama, 1991

Una impronta intelectual (1)

by aliciamartorell on 19/11/2012

Hay libros que nos han marcado intelectualmente porque han condicionado nuestra forma de entender el mundo y han sido los ladrillos sobre los que poco a poco se ha ido levantando todo el edificio que nos hace pensar. Y aunque tengan una relación muy indirecta con los temas sobre los que traducimos, a la fuerza habrán influido sobre nuestra forma de traducir.

Esos libros llegan a nuestras vidas la mayor parte de las veces de pura casualidad. Ya cuando los estamos leyendo somos conscientes de que nada volverá a ser lo mismo. Es importante reconocerlos porque es una forma de reconocernos a nosotros mismos.

Arnold Hauser Historia social de la literatura y el arte, Barcelona, Labor, 1969. Traducción de A. Tovar y F. P. Varas Reyes.

Este libro me llegó por caminos misteriosos cuando todavía estaba en el bachillerato y apenas se acababa de traducir al español.

Cualquiera pensaría que me lo recomendó un profesor, pero en realidad lo trajo a clase una compañera: se lo había prestado su tío, que era cura en Vallecas (esto empieza a parecerse a un tratado de antropología sociológica…).

En cuanto conseguí sacarle a mi madre las 450 pesetas (no fue tan difícil…) me fui galopando a la librería Los Cuatro Caminos, en la calle Reina Victoria (hace tantos años que cerró, bendita sea) y volví apretando entre los brazos los tres tomos.

Lo leí de un tirón y lo volví a empezar una y otra vez, hasta sabérmelo casi de memoria. Es el libro más subrayado que tengo. Desde entonces nunca más he podido mirar un cuadro o leer un libro sin pensar en el entramado que había detrás. Fue fundamental para sentar las bases de todos los cambios intelectuales que vendrían después. Todo lo que he aprendido a partir de ese momento en arte, historia o literatura iría encajando en aquellos esquemas sociales.

Y aquí va la frase que abre el primer tomo, como muestra. Es fácil entender cómo este aldabonazo puede marcar de forma indeleble a la persona que yo era entonces, que todavía no se había atrevido a poner en duda lo que decían los libros o contaban los profesores. Han pasado más de treinta y cinco años, hacía mucho que no lo leía, y seguramente ya no comparta de forma tan incondicional sus tesis, pero impresiona reconocer la certera línea recta que va desde aquellas frases hasta lo que soy ahora.

La leyenda de la Edad de Oro es muy antigua. No conocemos con exactitud la razón de tipo sociológico en que se apoya la veneración por el pasado; es posible que tenga sus raíces en la solidaridad familiar y tribal o en el afán de las clases privilegiadas de basar sus prerrogativas en la herencia. Como quiera que sea, la convicción de que lo mejor tiene que ser también lo más antiguo es tan fuerte aún hoy que muchos historiadores del arte y arqueólogos no temen falsear la historia con tal de mostrar que el estilo artístico que a ellos les resulta personalmente más sugestivo es también el más antiguo.

Mi primer portátil

by aliciamartorell on 12/11/2012

Hoy, @bernawang me ha recordado un Trujamán que escribí hace dos años, que se puede encontrar aquí y que, como es cortito, añado al final de esta entrada. Trataba de cómo el paso del tiempo había cambiado nuestra forma de trabajar y nuestra relación física con lo que traducíamos.

Al leerlo otra vez, da pavor ver lo que han cambiado las cosas desde 2010 (yo me quedé en el iPad, pero en aquel momento no pasaba de ser un juguete). Desde entonces, habría que añadir, al menos, los teléfonos móviles inteligentes (con centenares de apps totalmente mágicas), que han dado un vuelco a las relaciones entre nosotros, internet, la informática y las cosas. Por no hablar del acceso abierto a la literatura científica, del imparable proceso de digitalización y de los lectores de libros electrónicos, que han trastocado las relaciones entre analógico y digital.

El otro efecto que ha tenido la exhumación es lanzarme a buscar una foto de mi primer portátil, supongo que en un ataque de añoranza aguda.

Y aquí está el bicho: IBM Portable PC 5155. Mi segundo ordenador (el anterior era un AT) traía dos innovaciones fundamentales: el monitor naranja, en lugar del fósforo verde (una alegría para los ojos) y la segunda disquetera: en una estaba el programa y en otra, los documentos. Sin disco duro, por supuesto, no disfrutaría de un disco duro hasta mi tercer ordenador.

Y uno de los míticos teclados IBM. Nunca he vuelto a tener otro igual. Es la razón de que acumule en mi casa más de diez teclados que no me atrevo a tirar porque están sin usar, pero que arrumbo detrás de un armario porque no me devuelven aquel tacto.

MC900065496

Pasa la vida

…la Lettera 22, las holandesas, el atril, el papel carbón, la IBM de bola, el típex, las fotocopias, el Commodore 64, la valiosísima colección de catálogos caducados, Amiga 500, las visitas a la farmacia para mirar el Vademécum, el María Moliner en dos tomos, los paseos en metro, 64 K de memoria RAM, la Casa del Libro, las pantallas de fósforo verde, el teclado mecánico, el Código Civil, el contestador automático, la impresora matricial, el floppy, la mesita de los diccionarios, el papel continuo, el atlas, el Amstrad PCW (y Locoscript), A:>, los mensajeros, PC XT, las fichas en cajoncitos de madera de la Biblioteca Nacional, Word Perfect, los disquetes (12 disquetes para instalar Word), autoexec.bat, Apple II, command.com, las visitas al taller mecánico para saber cómo se llama una pieza, la guía de teléfonos, más diccionarios, MS DOS, las visitas a la ferretería para enseñarles la foto de un tornillo (a ver si hay suerte…), Amstrad PC 1512 (compatible IBM, 250.000 pesetas), el Libro de Estilo de El País, Courier 12, los macros, el virus de la pilota, Claris, más fotocopias (bastante descoloridas), C:> (20 interminables Mb), el puerto paralelo y el puerto serie, la enciclopedia Larousse, Windows 3.1.1, el ratón (ese artefacto sin futuro…), aparcar las cabezas del disco duro, el módem (priiii, pruiit, gr, grrrrrr, pip, pip, pip), el Tetris, Compuserve, el SIMO, Mosaic, Gopher, el fax (y el papel térmico), el Duden, Telnet, la ruedecita del ratón, Netscape Navigator, Winfax, Infovía, el correo electrónico, ☺, el CD-ROM, Eurodicautom, el virus Melissa, la impresora láser, las temibles pantallas azules, el DUE en CD, el escáner, Traducción en España, Google, 404 not found, las memorias de traducción (la mochila de Trados), el efecto 2000, la banda ancha, el móvil, el SPAM, el reconocimiento de voz, la wifi, el portátil, Amazon, el DVD, Wikipedia, el USB, la traducción automática, 3G, Skype, la Blackberry, el Ipad, Worldcat, Twitter…

Y un texto. Un traductor. Una traducción.

Alicia Martorell

Los motores de búsqueda en Google Chrome

by aliciamartorell on 10/10/2012

Esta entrada se publicó por primera vez en marzo de 2012 en el blog «transdocblog», que cerrará una vez transferidas aquí las entradas de más interés, tras adaptarlas y actualizarlas.

En Google Chrome podemos prescindir fácilmente de almacenes de motores de búsqueda como Mycroft, porque es muy fácil crearlos sobre la marcha.

Este tipo de miniaplicaciones permite hacer búsquedas en una página determinada, utilizando Google. Es como usar la sintaxis «site», pero de forma más rápida y sencilla.

Lo primero que tenemos que hacer es dirigirnos a la página para la que queremos crear el motor. Esa página tiene que tener una caja de búsqueda, es decir, tiene que tener instalada la posibilidad de buscar en su interior. Podemos probar con la página de Dirae, que es una de las que nos será más útil:

A continuación hacemos una búsqueda cualquiera en la página. Podemos usar cualquier palabra, es solo para que Chrome detecte la sintaxis.

El paso siguiente es ir a la configuración de motores de búsqueda. La encontraremos haciendo clic derecho en la caja de búsqueda del navegador.

Veremos todos los motores que Chrome nos ha ido creando automáticamente y uno de ellos será el que vemos más abajo. Podemos borrar los que queramos, o bien editarlos.

Para cada motor, tenemos la información siguiente:

  • En la primera columna, tenemos el nombre del motor. Chrome lo pone automáticamente, pero lo podemos modificar. No es prioritario hacerlo.
  • En la segunda columna tenemos la palabra clave. No solo la podemos modificar, sino que es deseable que lo hagamos. Lo ideal es tener palabras clave cortas y fáciles de recordar. En este caso, vamos a dejar solo «dirae».
  • En la tercera columna tenemos la sintaxis de búsqueda, es decir, la forma en que Chrome va a buscar cuando recurramos a este motor. Manejando esta sintaxis, podremos crear motores nosotros mismos cuando Chrome no los cree automáticamente.

Ahora ya tenemos el motor con la palabra clave modificada.

ahora, ya vamos a buscar, es muy sencillo. Solo tenemos que escribir en la caja de búsqueda del navegador la palabra clave (dirae), un espacio y la palabra que queramos buscar. Más o menos así:

Se puede ver que la palabra clave ha cambiado al color azul después de teclear el espacio. Eso quiere decir que Chrome la ha reconocido.

Y ya solo queda darle a «intro».

También podemos crear motores nosotros mismos utilizando la opción «crear motor de búsqueda» que está al final de la lista en la configuración de motores de búsqueda. Darle el nombre es fácil, la palabra clave también, para la sintaxis solo tenemos que copiar el link de una búsqueda cualquiera que hayamos hecho en una página cualquiera y sustituir la palabra que estábamos buscando por la cadena «%s», tal y como se puede ver en la sintaxis del motor que acabamos de crear para el Dirae. Podemos usar esta opción cuando Chrome no es capaz de crear él mismo el motor.

Sintaxis para algunos motores (utilizando la opción «copiar vínculo» del navegador):

Obviamente, también podemos instalar los motores creados en Proyecto Mycroft.

Algunas referencias: